Nostalgia

Fastidiado de tanto escuchar su risa loca, de repente le vino un futuro escalofrío de nostalgia.
El tonto y la tonta

...El caso es que no me decidía a disparar, no había la suficiente confianza. Eso sin tener en cuenta los escrúpulos, que también pesan. Pére Calders, El testamento de la hiena
[...] Tampoco es que se cayeran muy bien, pero rápidamente Alba y Tulio comenzaron a identificarse en su anomalía y a compartir en los recesos. De noche, a horas familiarmente prudenciales, se hablaban por teléfono casi a diario, primero con pretextos estrictamente estudiantiles, incorporando más tarde a sus conversaciones temas más personales. Todo esto hasta que la crueldad de los salidos y las salidas se desató contra ellos.
Empezaron por llamarlos la tonta y el tonto. Las guasas a sus expensas eran permanentes y abarcaban todo un abanico de posibilidades: desde cuando respondían bien o mal una pregunta en clase hasta cuando no cogían los chistes de corte sexual de sus colegas. Entonces Alba y Tulio sucumbieron a la corriente, después de haberse dado tanto ánimo mutuamente: la tonta no quería andar con un tonto ni el tonto quería andar con una tonta. Primero se evitaban y finalmente se distanciaron.
Habiendo sido directamente responsables de la ruptura, ambos sin embargo se sintieron dolidos con el otro. Equivocadamente creyeron, además, que alejándose verían finalizado el hostigamiento de sus compañeros. Por el contrario, la separación de los tontos les pareció un acto capcioso a los salidos, que urdieron contra aquéllos un plan contundente para aniquilarlos moralmente. [...] [Fragmento]
© V. A. 2009. Imagen: Flickr (Manel).
El que se perdió en la loma (B)

B
Toñito no es que fuera lo que se llama un niño prodigio, pero a sus cuatro años daba signos de ser un aventajado en la lectura. Casi podía leer el Silabario Hispanoamericano sin verlo demasiado de tanto que lo había revisado. De hecho, repetía buena parte de su contenido la mitad de las veces con sus ojos clavados en el texto y la otra mitad pendiente de lo que ocurría a su alrededor.
Del amable librito tenía una oración predilecta: "El oso se perdió en la loma".
-El-o-so-se-per-dió-en-la-lo-ma -proclamaba a los cuatro vientos, esmerándose en separar inconfundiblemente las sílabas, no sólo porque se trataba de un silabario, ante lo cual parecía guardar un incorruptible respeto, sino porque así se lo habían enseñado en el colegio.
Pero cada vez que leía la oración lloraba, por poco que a mares.
-¿Qué pasó después? ¿Nunca más encontraron al oso? -preguntaba ansiosamente a su madre en busca de consuelo.
-No sé -respondió ella la primera vez con voz trémula. Tal inseguridad lo hizo sentir más desamparado.
Fue recurriendo cada vez menos a ella para hallar una respuesta. Los días subsiguientes fueron de equiparable tormento: volvía a abrir el librito en la página con la fatídica oración, esperando que misteriosamente apareciera un agregado que disipara su inquietud. Y volvía a llorar.
La madre, que no sabía qué hacer para restablecer el buen ánimo de su bendito hijo que sufría por el perverso oso que se había perdido en la condenada loma, le prometió:
-Déjame averiguar qué pasó con el oso y después te lo digo.
Ella se negaba la existencia de tal oso, pero sentía al hijo extremadamente convencido y sabía que no tendría éxito si usaba ese argumento.
Él le concedió el beneficio de la duda, aunque sin confiarse mucho: no fuera a ser que le saliera con una historia semejante a la de aquel patito poco agraciado que sus congéneres execraban y que finalmente se transforma en un rutilante cisne, cosa que se le antojó del todo imposible, como imposible ya se le estaba antojando su propio hijo a su madre, claro, en lo que respectaba al asunto del oso. Si a él aquella historia le pareció una tontería, y por lo que no malgastó ni una sola lágrima ni una sola alegría, la desventura del oso sí que le resultaba algo para tomárselo muy en serio.
Ella tardó un tiempo ingeniándoselas en elaborar una pequeña trama con final feliz sobre el objeto de los desvelos de su hijo. Ciertamente no era una mujer propensa a inventarse historias. Digamos que ahora menos, desde que el diputado, su ex marido, la dejara por su secretaria. La dureza que se impuso sin darse cuenta, aquello de no hacerse más ilusiones en el amor, había terminado por resecar también su imaginación.
Entretanto el hijo no paraba el llanto que le provocaba la susodicha página del silabario.
A duras penas ella alcanzó hilvanar lo siguiente: "Los boy scouts, que tanto te gustan y a los que entrarás cuando seas más mayorcito, fueron a la loma y consiguieron al oso, lo llevaron para el zoológico y él vivió muy contento con los otros animales".
Arriesgándose a no tener el resultado que esperaba se lo diría a la salida del colegio cuando fuera a buscarlo ese día. Pero no tuvo oportunidad porque,
... (... continúa)Intento de homicidio

Una mujer sueña que va a matar a su marido. No es una pesadilla pero igual la despierta una emoción intensa. No descorre sus párpados y procura conectarse de nuevo con aquel sueño. Mientras tanto, el malo para todo de él sigue como siempre dándole la espalda, con su respiración de muerto, que ni se siente. "Si al menos roncara", piensa ella, y vuelve a dormirse. Retoma el sueño en el momento en que se había interrumpido, pero es poco lo que logra avanzar: la despierta ahora el sonido de la gaveta donde guardan el revólver. Ella vuelve a no descorrer sus párpados y se hace la que sigue dormida, no vaya a ser que él se asuste y deje escapar un tiro que la alcance, de lo puro torpe que es.
© V. A. 2009. Imagen: "Asesinato en la alameda" (1919) de Edvard Munch.
Óxido

La rejilla perteneció a una nevera y fue descartada. Estaba descalzo y me dio mucho placer caminarle encima un buen rato. Mi hermana me pilló y me reprendió duramente: la rejilla estaba oxidada. Mis pies se habían pintado de anaranjado. Ella me los lavó y me entristecí. Ahora yo, con mayor entidad que antes, la reprendo por tomar tantos antioxidantes, con los que quiere ganar tiempo entre tanta herrumbre de la vida. Vengué al anaranjado que tuve: le mostré la revista que confirma que aquellas cápsulas no son tan efectivas como ella daba por sentado. Desde entonces le sigue una estela de nueva decepción. No me gusta verla así.
© V. A. 2009. Imagen: Flickr (Manel).
El que se perdió en la loma (O)

[Partes anteriores: A, B y C]
O
(El punto de vista del oso)
Hace mucho tiempo me perdí en la loma. Un libro informa de ello pero no ahonda en detalles, porque su autor se perdió como yo, quién sabe por dónde, descuidó mi rastro y me olvidó. Tal fue su desdén que también perdió el olvido que me profesaba.
Eso pasa cuando quien escribe es un hombre y no un oso. O un niño.
Un niño lee el libro y llora por mí. La mujer se exaspera porque él llore sin remedio, como no tenía remedio mi desaparición.
El niño me ama y me odia. La mujer me añora y detesta su recuerdo en el que yo estoy, al punto de negar que alguna vez haya existido. Él me ve a través del libro en un dibujo que no es fiel: la figura no auxilia a las palabras, no da cuenta de dónde me hallo y cómo encontrarme. Yo también veo al niño a través del dibujo que quiere ser yo sin lograrlo.
Cosa extraña: una loma no es tan grande ni intrincada como para perderse en ella tanto tiempo.
Él trata de engañarla sobre mi paradero. Ella trata de engañarlo sobre mi paradero. En mi paradero yo me escuezo en el más impune desengaño.
Me quieren tanto que me mandan a buscar con otros niños, que van uniformados, que llevan un pañuelo en el cuello y que cargan unos palos, y que me imaginan entre las rejas de un zoológico. Y yo dejo de quererlos un poco y prefiero ese poco quedarme perdido en la loma. [...] [Fragmento]
© V. A. 2009. Procedencia de la imagen.
No message

¡Y las maravillas que se hablan de la tecnología! Si no existiera el puto aparato no habría manera de recordarte que no tienes mensajes.
Juan Gabriel Borkman

Tú sabías, Juan Gabriel, JG en lo sucesivo -y créeme que abrevio tu nombre no para simplificarte, porque disminuido ya estabas-, que aquello de escribir para uno mismo es una sandez donde las haya. Que la gente que escribe lo hace para que los demás la lean, dicho simple y llanamente. Que hasta quien guarda en un cuadernillo descoloridas proezas supone que un día alguien redescubrirá su insignificancia, bien sea para desecharla definitivamente.
Pero no sabías qué hacer contigo mismo cuando decidiste recluirte en el piso de arriba. No pretendas convencernos de que ya habías renunciado al afán de posteridad con el que manchaste de tinta aquellas hojas. No, JG, al menos no querías pasar inadvertido. Lo sé por el ruido que hacías en la madera del piso cuando caminabas por horas de un lado a otro. Abajo todos lo escuchábamos. Quien quiere pasar inadvertido no hace ningún ruido.
Y escuchaste que te escuchábamos. Y no caminaste más sobre la madera de arriba. Entonces el asunto empezó a ir en serio.
Ahora, JG, me parece verte en otras hojas, en unas que manchó otro, Henrik, el gran dramaturgo. ¿No recuerdas si fue a él a quien le mostraste la carpeta con tus hojas manoseadas, las que releías cientos de veces? Es probable. De ser cierto, he de decirte que tu plan de borrarte del mundo no resultó.
Tenías tanta rabia que buscaste una manera -¿muy tuya?- de ponerle fin a esos papeles y a ti mismo. Echaste mano de una manida artimaña narrativa -no te lo estoy echando en cara, te lo aseguro, JG-: aquel convencionalismo de que una acción que sucede en un momento se repite más adelante para darle sentido a la historia completa. ¿Será por eso que nadie te leía ni montaba tu obra? Venga, no te sientas mal, JG, que ya has tenido suficiente.
Recordaste el papelito del que te copiabas en el examen de botánica -te comprendo, JG, todos esos términos son muy difíciles de memorizar-. El maestro estuvo a punto de descubrirte. Te metiste en la boca el papelito y te lo tragaste sin masticarlo. No pasó nada, la dosis era inocua. Y al final, al tuyo, repetiste la acción: te envenenaste con tus hojas manoseadas y manchadas de tinta por ti.
© V. A. 2009. Procedencia de la imagen.
2

Hay dos tipos de vitalidades: las que te hacen viajar por la boca del estómago y las que te echan para atrás, de un tirón, y te dejan patas arriba.
Imagen: "Las dos Fridas" (1939) de Frida Kahlo.
La mano ase el otoño

Son pocas las manos que fascinan -si fueran muchas no habría fascinación-. Hasta que uno de sus índices empieza a apuntarte con insistencia y reiteradamente. Supongo que el secreto está no en que sepas interpretarlo sino en que puedas soportarlo.
Algo de eso explica que me haya ido tanto tiempo y ahora regreso a la ciudad en la que derramé mi juventud. Con la alegría que me queda -que es grande, para mi sorpresa- entro en el primer bar que encuentro para celebrar y, sentado a la barra, pido una cerveza. Me sabe a gloria. Al rato, alguien que está a mi lado pide otra.
No sé porqué -sus razones habrá tenido-, el barman casi le arroja la jarra. La espuma comienza a desbordarse. Con automática destreza, la presencia pone un índice sobre la espuma para que no siga cayéndose. Y siento que ese índice me apunta, entiendo que involuntariamente.
La situación no me perturba pero no me agrada. Me dispongo a retirarme del lugar. Y una mano me sujeta por la muñeca, primero con cierta brusquedad e inmediatamente con un deje de persuasión.
Había llegado a pensar que en el otoño de mi vida nadie me echaría de menos.
© V. A. 2009. Imagen: "Otoño", de Pedro Arnay. Cortesía del autor. Fotografías Pedro Arnay. 52para2009.
Pantalones

Cuando regresé acompañado de refuerzos para ver qué se hacía con aquel hombre que decidió ahorcarse en plena calle sólo quedaban los pantalones. Ondeaban como un pendón en el poste de electricidad. Como si, lo que había dejado de ser, se hubiese escurrido por una bifurcación de túneles que llevan a quién sabe dónde.
Puede que lo del suicidio sólo haya sido idea mía. Como fuere, tal escabullimiento no podía quedar impune. Hay que dar con el propietario de esta prenda, dijo uno indignado, bajándola del poste. Al que le quede será el culpable, sentenció otro. Será muy fácil, como la zapatilla de La Cenicienta, convenimos todos, y emprendimos la marcha esperanzados.
Al doblar la esquina, más allá, junto al semáforo, la multitud de nudistas arreciaba su protesta.
© V. A. 2009. Imagen: fotografía de Pedro Arnay, cortesía del autor. Fotografías Pedro Arnay, 52para2009.
Isadora

El día que pasaron la película sobre Isadora Duncan, Isadora llegó retrasada. Fue en las horas de actividades complementarias. Al igual que lo será el resto de mi vida, a mí me agradaban más las actividades "complementarias" que las "sustanciales". La maestra, además, era un encanto.
A mi gustaba Isadora pero ella sólo tenía ojos, cuatro con sus lentes, para Luis. Ni siquiera porque yo tenía algo más en común con ella que aquel esbozo de guapetón, esto es unos anteojos aún más gruesos, se fijaba en mí. Ella era la cerebrito del curso y yo trataba de emularla para que a su vez ella se congraciara conmigo, pero nunca logré superar unas muy corrientes calificaciones. Luis, sin embargo, era pésimo estudiante y muy desordenado y alborotador, pero a ella le atraía mucho. Yo era un esmirriado y él mucho más desarrollado y, sobre todo, derrochaba arrojo y swing. Él no la consideraba sino para copiarse las tareas que ella tontamente le cedía, y estaba más pendiente de las chicas de los cursos superiores.
De la película no entendí mucho. Recuerdo con extrañeza, sí, que Isadora Duncan al despertarse en la mañana besara a un novio no directamente, boca a boca, sino a través de una suerte de velo. También recuerdo que bailaba vestida con ropas de griega. Y lo que más me impresionó, por supuesto, fue que murió ahorcada por su bufanda cuando la misma se enredó en la rueda del auto en el que iba.
Después de la proyección, como siempre que había cine en actividades complementarias, la maestra se puso a explicar. De sus palabras retuve que Isadora Duncan fue una bailarina que no quiso bailar más con las puntas de sus pies.
Luis estaba, como siempre, distraído de la clase, haciendo mofas y molestando a sus condiscípulos aledaños, en una fila de atrás donde habitualmente se sentaba.
La maestra lo sorprendió con un interrogatorio:
-A ver, Luis, ¿cómo se llamaba nuestro personaje?
Yo ahogué una risita morbosa que la maestra me reprendió, suavemente porque no era a mí al que tenía en la mira.
En eso entró Isadora al aula de clases. Mi rival captó como pudo lo que le sopló uno de sus cofrades y contestó con aires de sobrado:
-Isadora Nunca.
-¡¿Cóoomooo...?! -se impacientó la maestra.
-¡Isadora Nunca! -repitió Luis, ahora con vehemencia.
A Isadora se le enrojecieron las mejillas, más nunca le cedió sus tareas y más nunca lo miró con sus cuatro ojos como antes, cosa que a Luis lo mantuvo descentrado hasta el final del año escolar. No hubo tiempo de aclaratorias porque inmediatamente después del exabrupto sonó el timbre del recreo.
Yo no fui beneficiario de tan azarosos hechos, pero la primera decepción de Isadora la anoté como una de mis primeras victorias.
© V. A. 2008. Imagen: poster de la película "Isadora" (1968), protagonizada por Vanessa Redgrave y dirigida por Karen Reisz.
Vívido

Cuadramos encontrarnos en la glorieta detrás de su edificio para devolvernos lo que nos habíamos prestado. Cuando llegué estaba tan drogado que no me reconoció. Creyó que era otro. O quizá sólo veía lo que no odiaba en mí. Jugué a ser alguien nuevo que conquistaría su amistad y se mostró agradado. La desintoxicación ha sido tan vívida que parece cierta. Ya me faltan pocos días para salir de aquí y no volverlo a ver.
© V. A. 2009. Imagen: "Desencuentro", de Pedro Arnay. Cortesía del autor. Fotografías Pedro Arnay, 52para2009.
Terremoto

Después del terremoto he cargado la sensación de que algo dejó de arroparme. No hablo en sentido estricto o literal, aunque bien estos significados pudieran dar luces sobre el origen de esa sensación omnipresente y confusa que desde entonces me ha acompañado. En efecto, cuando empecé a correr por dentro del terremoto me llevé conmigo la cobija como si se tratara de un “cocoliso”, aquel atuendo infantil que no da mucha posibilidad a las extremidades. Al rato la cobija se desprendió de mí y la dejé olvidada en el trayecto, al igual que no reparé en ella cuando comencé la carrera. Al día siguiente, desdeñando todas las implicaciones importantes que deberían considerarse cuando se ha vivido un terremoto, el centro de mis preocupaciones era la pérdida de mi cobija. Me inquietaba mucho que, antes que mi padre fuera a buscarme a La Colonia para rescatarme del terremoto que ya había sido, no la recuperara a tiempo. Por una parte, me parecía un desplante inmerecido con aquel centro que tan afablemente me había cobijado comenzando apenas mis vacaciones escolares. Por la otra, me avergonzaba mucho que se fuese a descubrir que, días antes, con dicha cobija me había sonado la nariz y que con mis mocos había tatuado un borde de su superficie. Hice un rápido sondeo entre mis compañeros para ver si sus frazadas habían corrido la misma suerte que la mía. Si se encontraban varias sin usuario especificado, quedaría la duda de quién era la que tenía mocos. Tras mi expedita indagación, constaté que ninguno de ellos había perdido su cobija durante el sismo. Nada, me dije, cuando me haya ido de La Colonia, y comprueben que en mi armario falta la cobija, la cobija que encuentren tirada por ahí, bordada de mocos, sería la que yo había usado. Si la encontraba antes, quizás pudiera lavar rápidamente en el baño la zona comprometedora. Con cuanto empleado me tropecé, le pregunté si no había visto una cobija perdida en las inmediaciones del edificio, por supuesto sin hacerlos partícipes de las intimidades de mis razones. Al notar mi inquisitiva expectación todos se burlaron de mí y no me ayudaron. Pasado el mediodía mi padre llegó y yo dejé aquellas secreciones en La Colonia y me fui con mi vergüenza.
© V. A. 2007. Procedencia de la imagen.
Las crisis en Venezuela

De vez en cuando no está de más repasar de dónde venimos, y cuáles son nuestros acervos y carencias como sociedad. Sobre el libro de Manuel Caballero, Las crisis de la Venezuela contemporánea, publiqué esta reseña hace algunos años en la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales de la UCV.
El siglo XX venezolano es un tiempo vertiginoso. La vida de la sociedad se sacude y tranquiliza permanentemente, dando cuenta de trascendentes mutaciones y de múltiples factores que se conjugan para ir configurando el país que hoy somos. Bajo los cánones abarcantes, fluidos y de rápidos desplazamientos del género ensayístico –y no por ello menos acucioso y revelador-, el historiador Manuel Caballero nos ofrece un balance retrospectivo de la Venezuela presente. Con tales propósitos, selecciona y analiza siete puntos de inflexión que han modelado una nación que aspira concluir el siglo con un replanteamiento a fondo de su institucionalidad.
Con el autor, que sale minuciosamente al paso a una psicología nacional tan dada a la baja autoestima y a la postura lastimera, no hemos despilfarrado el siglo XX. El país, a lo largo de estos cien años, al menos logró superar con éxito sus dos grandes retos: “el de la guerra y el de la tiranía, o sea, el de imponer sus contrarios, la paz y la democracia” (p. 171). Tampoco, la última de las crisis que vivimos, es la peor de todas. Tómese en cuenta que Venezuela había perdido la mitad de la población y a toda su clase dirigente y su élite intelectual en la década 1810-1821, y experimentó una constante inestabilidad sociopolítica azotada por guerras civiles durante 1810-1903.
Caballero se esmera en despojar al término “crisis” de su exclusivo sentido apocalíptico o catastrófico, para detectar procesos y momentos que han dejado una impronta sustancial en los basamentos del devenir venezolano. Para bien o para mal, toda crisis es una tensión que reacomoda la vida social y la reencauza con nuevos condicionantes, nuevos actores y nuevas mentalidades. Revierte lo normal en anormal, desestabiliza y estabiliza, y viceversa. Aunque la mayoría de las crisis venezolanas tienen el signo de la política, el autor prefiere pulsar los hechos en el proceso en que se inscriben y en su importancia de mayor cobertura y profundidad: “lo que se pretende es el análisis de lo político” (p. 10).
El corto capítulo dedicado a escrutar el concepto de “crisis histórica”, en el que se desliza por la filosofía y muy diversas teorías históricas –deteniéndose especialmente en el aporte de Jacob Burckhardt-, es de notable rigor y eficacia expositiva, además de, obviamente, acotar la investigación. Los siguientes capítulos, con la misma característica, están dedicados cada uno, al examen de siete momentos cruciales, expresiones de tendencias amplias y significativas que han venido delineando nuestra contemporaneidad: 1903, 1928, 1936, 1945, 1958, 1983 y 1992.
En 1903 “estalla la paz”, tratándose de “uno de esos raros casos en que la palabra crisis no está ligada a una situación catastrófica” (p. 21). La batalla de Ciudad Bolívar marca el final del caudillismo y las guerras civiles. Pierde absoluta vigencia la identificación que se tuvo entre guerra y política durante cuatro siglos: “Venezuela se baja del caballo” (p. 36). Venezuela podrá mostrar en su haber el ser uno de los pocos países que no han tenido guerras en este siglo. Los golpes de 1945 y 1992, y las insurrecciones de 1958 y 1989, “son apenas escaramuzas, rasguños frente a lo que, de verdad, significa una guerra civil” (p. 170). Asimismo, 1903 señala el proceso subsecuente de concentración del poder, de organización y asentamiento del Estado-nación, como de consolidación de la unidad y conciencia de lo nacional. De raigambre prusiana –c&oa
Intimidades de una incipiencia / Conversaciones con Enrique Tejera París

Esta trabajo fue publicado en el libro La Escuela de Economía de la UCV: una trayectoria de 70 años, 1938-2008 (Caracas: FaCES-UCV, 2008). Nuestro personaje es egresado de la primera promoción de economistas del país (1942) y fue director de la escuela en un período crucial (1946-48).
Un reducido grupo de calificados abogados decidió establecer una escuela de economía y ciencias sociales sin contar ellos con una formación especializada en esas áreas. Entonces, un profesor impartiría clases de historia de la economía auxiliándose con resúmenes elaborados por dos alumnos, de unos libros que además éstos le prestaban. Otro docente dictaba contabilidad basándose en la Enciclopedia Espasa. Los jóvenes cursantes se proveían de textos provenientes del exterior, que llegaban en barcos que torpedeaban durante la guerra. Originalmente no fue vinotinto sino morado el color que distingue a la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FaCES) de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y a las áreas de conocimiento que en ella se cultivan. El sello de la UCV en el siglo XIX lo volvió a utilizar la Escuela de Economía en el XX y de allí se extendió su uso a las otras facultades. Estudiantes como Maza Zavala, Luis Pastori, Bernardo Ferrán y Francisco Mieres, participaron en una huelga para resistirse a la mudanza de la escuela, de la esquina de San Francisco a los terrenos de lo que fuera la hacienda Ibarra y luego será la Ciudad Universitaria de Caracas.
Estas y otras intimidades, sorprendentes y reveladoras, nos las develó Enrique Tejera París, egresado de la primera promoción de economistas de la UCV y del país (1942), en entrevistas que nos concediera el 21 de junio y el 5 de julio de este año. El sitio convenido para los encuentros es el lugar donde reside. Se llama La Fronda, como aquel movimiento francés contra el absolutismo. No nos decepcionó cuando nos hizo saber que ese no era el motivo del nombre sino la frondosidad de los árboles de la zona, porque ambas posibilidades dan cuenta de una formidable aspiración de libertad.
En los anaqueles de su vasta biblioteca y sus varios estudios, pudimos reconocer, entre tantos títulos de economía y descontando los de otras disciplinas, la Teoría General de John M. Keynes, la Guía de Keynes de Alvin Hansen y una edición del voluminoso texto introductorio de Paul Samuelson, el más utilizado en todo el mundo. Espontáneamente nos obsequia Teoría y realidad económica, del famoso profesor A. C. Pigou, un viejo libro que registra las huellas del trabajo minucioso de quien hasta hace poco fuera su poseedor. La fecha escrita debajo de su firma es 1943, es decir un año después de graduado.
Apenas obtuvo el título de Licenciado en Ciencias Económicas y Sociales a Tejera París le tocó dar clases en la escuela que todavía seguirá dando sus primeros pasos. Fue nombrado por el Ministerio de Educación, como se procedía en aquella época. La materia que le asignaron fue Geografía Económica, que heredó de Ernesto Peltzer por recomendación del insigne alemán. Tejera apenas contaba con 23 años de edad. Estudiaba frenéticamente y se proveía por su cuenta de alternativas bibliográficas pertinentes, como lo había hecho cuando estudiante para resarcir las insuficiencias de la instrucción que recibía en un pequeño centro de estudios bajo la égida de excelentes abogados aficionados a la economía. Para preparar sus clases solicitó que le enviaran de Estados Unidos varios libros sobre geografía económica y unos mapas que mantenía desplegados en su cuarto.
Su afecto por los mapas seguramente creció cuando el devenir le encomendó cumplir importantes responsabilidades diplomáticas




